El reencuentro con blanquito
La mayoría de las tardes de mi infancia transcurrían entre los cerros, esteros, quebradas y humedales en búsqueda de leña para el fuego de mi hogar o de cualquier tesoro increíble para mí. Siempre con el guanaco: el crecía conforme crecía yo.
Un día, cuando veníamos de regreso, cargando entre mis pequeños brazos un montón de leña, perdí de vista al guanaco. Cuando empecé a desesperar, solté toda la leña y corrí en su búsqueda. Seguí sus huellas que había dejado marcadas en la tierra, intenté llamarlo con vocecita de niño, con la esperanza de que el eco de los cerros me ayudara a encontrarlo.
Anocheció, con el matiz indudable del frío nortino y yo, seguía buscando. No me importaba que mis padres se enojaran y me retaran, de hecho, siempre me reprocharon que anduviera con mi guanaco, me decían “¡Niño loco!, él no es un ser humano, no puede ser tu amigo”. Sin embargo, para mí, decirle amigo era poco, el guanaco significaba un ser mucho más importante en mi vida de niño. Por eso lo busqué incluso de noche, con un poco de temor, pero por sobre todo con frío, decidí entonces hacer fuego y, con una antorcha, seguí su huella.
En eso, me sorprendo con una gran piedra que tenía un dibujo un tanto extraño: era una especie de hombre con un poncho apuntando hacia un lugar. Sentí que el dibujo era una guía que me indicaba el lugar donde estaba el guanaco. Miré hacia ese lugar y vi la silueta del guanaco, quieto, tranquilo, entre todas las siluetas serenas de los cerros del valle. Grande fue mi sorpresa al divisarlo, volvía a ser feliz solo con mirarlo y saber que existía, que no estaba perdido. Entonces, me acerque con mi antorcha. Ya la noche estaba avanzada, todo estaba muy oscuro y solo el cielo presentaba luces.
Cuando llegué hasta donde estaba el guanaco, percibí que él estaba tranquilamente contemplando toda la extensión del valle. Enterré la antorcha en la tierra para apagarla, pues presentía que ya no era necesaria la luz, era ese un instante mágico entre el guanaco y yo.
